Son casi las doce del mediodía y Julio ya tiene la camiseta puesta: a las cuatro de la tarde comienza el partido. Parque, el club del que es hincha desde siempre, juega de local por la última fecha del campeonato; si gana va a ascender por primera vez en su historia a la Primera División. Martín, uno de los amigos con los que va a ir a la cancha, lo está por pasar a buscar. Estas son las empresas que auspician la campaña de Parque: Lácteos El Hogar, Ricardo Regalos, Carnicería Los tres hermanos… de la cancha, que está solo a una cuadra, llega la prueba de sonido de la voz del estadio.
A las siete de la mañana ya no podía seguir acostado. Después de unos minutos de dar vueltas en la cama, de pensar en el partido, se levantó. No había dormido más de cuatro horas, igual no tenía sueño. Sobre el respaldo de la silla colgaba la azul y blanca, de mangas largas, que anoche sacó del armario antes de acostarse. Es la camiseta que actualmente usa el equipo y la que su papá le regaló en el último cumpleaños. Se la puso y salió al pasillo. El cielo recién empezaba a clarear y parado frente a la puerta cerrada de la habitación de sus padres deseo que la mañana pasase rápido. Su papá al rato ya tenía que levantarse. Fue hasta el comedor. En un rincón había una pila de diarios y por la puerta de vidrio del garaje, Lule, la perra, lo miraba moviendo la cola. Julio salió, agarró del suelo el pote de plástico y le sirvió unos puñados de balanceado. Se entretuvo, después, con la pelota: hizo unos jueguitos hasta que se aburrió y empezó a dar pelotazos contra el tapial y a relatar cada movimiento que hacía imaginando que jugaba el partido que a la tarde iría a ver. La puerta de vidrió abriéndose lo alertó. ¿Vos viste la hora qué es? preguntó su papá. Es que no tengo sueño, respondió Julio. Anda para adentro por favor… ponete no se… a jugar a los videojuegos. Entró al comedor detrás de su papá, quien volvió a meterse en el dormitorio, conectó la Play y se puso a jugar al Winning Eleven. Dos horas más tarde ya eran las nueve; su papá, que es la voz del estadio cada vez que Parque juega de local, apareció en el comedor: a las diez tenía que estar en la cancha para probar el sonido. Desayunaron medio a las apuradas, y su papá antes de irse le dijo después nos vemos para festejar.
Son las doce en punto y tocan el timbre; es Martín. Julio busca la entrada en la cajita de metal que esconde adentro del armario. Se asoma por la puerta del patio y saluda a su mamá que está haciendo jardinería. Cuidate, grita ella, y pásenla lindo. En el comedor, antes de salir a la calle, agarra la pila de diarios. Martín también trajo diarios. Armando telefonía, Pinturería del Cantero… La voz del estadio sigue nombrando a las empresas que aportan económicamente a la campaña de Parque. Camina, junto a Martín, un par de cuadras hasta lo de Facundo, otro de sus amigos. Desde la primera fecha del campeonato y cada vez que Parque juega de local la previa la hacen allí; son un grupo de siete y se conocen de chicos. Facundo y Pablo están sentados en la vereda; en medio de ellos, en el suelo, dos bolsas de arpilleras y una pila de diarios al lado. Ya llegarán los tres que faltan. Julio agarra una de las dos sillas que Facundo acaba de traer de adentro. No muy lejos explotan unas bombas de estruendo. Como deben estar en el Sur, dice Martín. El barrio Sur es el de la hinchada de Parque. ¡Vaaaamo Parque viejo y querido nomá! grita un viejo que pasa en bicicleta. ¡Vaaamo! gritan los cuatro. Julio se agacha y agarra un diario. Después corta papeles y los va metiendo en una de las bolsas. Los otros hacen lo mismo. Hay que llenar las dos bolsas para el recibimiento del equipo. Al rato llegan juntos los tres que faltaban: Esteban, Marcos y Darío, y se suman al trabajo. El viento sopla para este lado. Tu equipo volvió a ganar, se prendieron mil bengalas hoy, llega por el altoparlante de la cancha. Julio siente un cosquilleo en el cuello al escuchar la canción. Un día iba con su papá en el auto; escuchaban un cd que él había grabado. Su papá, que en esos días estaba armando la lista de temas que pasaría en la cancha, le preguntó cómo se llamaba esa canción. Acaban de cerrar las dos bolsas y se preparan para ir a la cancha.
La fila para entrar a la popular alcanza las tres cuadras. Ya hay mucha gente en la porción de tribuna que logra verse desde la calle. Hoy va a explotar la cancha, piensa Julio. Dale dale dale Par hoy te vinimo’ a alentar para ser campeón hoy hay que ganar… cantan todos, los que ya están adentro y los de afuera. Julio se filtra con sus amigos entre la gente que aguarda en la fila. Facundo y Martín van adelante con las bolsas. Los primeros partidos del torneo no tenían que esperar para entrar, en la tribuna eran los mismos de siempre y podían quedarse afuera hasta cinco minutos antes del inicio del juego. Los bombos con platillos se acercan; por la derecha, las banderas de la hinchada que va llegando. Las bombas de estruendo explotan de nuevo. Después de unos minutos la fila avanza. Llegan al cacheo policial; un policía les indica que se corran a un costado de la fila. ¿Qué tienen en las bolsas? interroga. Martín le dice que solo son papeles. El policía ordena que vacíen las bolsas. No no no qué vaciarlas, gritan los siete, son papeles noma’. El policía, inmutado, insiste. Son pibes, grita un señor que pasa al lado, dejate de joder. El policía ignora lo que el señor le dijo y sentencia: Vacían las bolsas o las bolsas se quedan afuera. Los papeles van cayendo, algunos se amontonan en el suelo, la mayoría se vuela por el viento; el policía da media vuelta y se va sin revisar nada; ellos se agachan, y como pueden, en medio de la gente que va entrando, tratan de volver a meter en las bolsas los papeles que quedaron amontonados; logran llenar una y algo de la otra. En el campo de juego los dos equipos acaban de finalizar el precalentamiento y corren a los vestuarios. Así formará Parque el día de hoy, anuncia la voz del estadio, en el arco con la número uno: Marcos Bertoya; en la defensa: con la cuatro… En la tribuna ya no cabe ni un alfiler. Los siete logran filtrarse entre la muchedumbre y consiguen llegar al sector donde van desde el inicio del campeonato. Con el número nueve: Martín “El tanque” Bustos. Julio se encuentra con Edelmiro que, como de costumbre, vino con la radio portátil. En un rincón de la cancha ya está la ambulancia. La manga por donde saldrá el equipo se empieza a inflar. Julio agarra un puñado de papeles. Parque mi buen amigo, esta campaña volveremos a estar contigo… Nuevas bombas de estruendo explotan en la calle; suenan los bombos con platillo y flamean las banderas a un costado de la tribuna. Te alentaremos de corazón, esta es tu hinchada que te quiere ver campeón.
Seis años tenía Julio ese domingo a la tarde en el que fue por primera vez a ver a Parque. Hacía un rato que con su familia habían terminado de almorzar y su papá, quien ya se encargaba de la voz del estadio, le preguntó si quería ir a la cancha. El fútbol aún no le interesaba, sí las carreras de autos y sobre todo las de camiones, pero le dijo que sí. No se olvida más. Subieron a la cabina. En la mesa apoyaban unas planillas con los nombres de las empresas que auspiciaban la campaña de Parque y con las formaciones de los equipos. Su papá conectó el micrófono, y a los minutos Julio oyó que su padre nombraba el once inicial de Parque: cada nombre salía por el altoparlante y todo el estadio podía escucharlo. Esa tarde, a su vez, Parque ganó dos a cero, y desde ese día no dejó de ir a la cancha. Con el tiempo fue haciéndose de amigos y más tarde empezó a ir con ellos a la tribuna. Cuando Parque metía un gol él miraba, y todavía hoy mira, a la cabina para festejarlo con su papá. Y una vez que el partido finalizaba, subía a la cabina y esperaba a que su papá terminara de acomodar la consola, los cables y el micrófono, y después juntos caminaban de regreso a la casa charlando acerca del partido. Esta tarde de mayo, nublada, parece que en cualquier momento se va a largar a llover… no es cualquier tarde, hoy Parque, un club de barrio, del interior del país, puede ascender por primera vez en su historia a la primera división, dice el relator desde la radio portátil de Edelmiro.
El primer tiempo termina y el partido está empatado sin goles. Edelmiro acaba de escuchar que Atlético, el segundo en la tabla de posiciones, gana dos a cero. Con este resultado supera en puntos a Parque, quien está obligado a ganar, aunque sea uno a cero para poder ascender. El rumor del resultado de Atlético corre por toda la tribuna y es de lo único que se habla hasta que los jugadores salen de nuevo para el segundo tiempo. Diez minutos después Edelmiro dice gol de Atlético, otro más. Desde hace un rato llueve y la cancha se está tornando pesada. Los nervios se trasladan de la tribuna a los jugadores; el equipo está muy replegado y Julio teme que se les escape el ascenso, que en cualquier momento el equipo visitante mete un gol y ya está, toda la ilusión al tacho. Se aferra a las palabras que su papá le dijo esta mañana: después nos vemos para festejar. Surge un pelotazo, el nueve de Parque, “El Tanque” Bustos, cae dentro del área rival y el árbitro cobra penal. Julio se abraza con Martín, Edelmiro y el resto de sus amigos. Se sienta y esconde la cabeza entre las piernas. Martín está al lado. Ninguno de los dos quiere ver el penal. Silencio… Priiiiiiii… El silbatazo del árbitro lo corta, tres, dos, uno…¡Gooooool… Julio se abraza con Martín, se suma Edelmiro y también el resto de los amigos. Goooooooool… gooooool! Dale Paaaaar dale Paaaaar dale Paaarque dale Paaaaar… canta toda la cancha.
Su papá no está en la cabina y él imagina que debe estar en la platea.
Ya se jugaron cuarenta minutos de este segundo tiempo, dice el relator en la radio, faltan cinco para que el partido termine y Julio implora que finalice ya. Un gol del equipo rival, más la victoria de Atlético segarían el ascenso. Llueve ahora con más intensidad y la cancha es un barrial. El equipo visitante está al borde del nocaut, comenta el relator, centro desde la derechaaaaaagoooooolgooooooolgoooooooool… de Parque, de Parque, de Parquecampeooooon, si… si ¡campeoooon!
La policía abre el portón. Julio corre, al igual que sus amigos y el resto de los hinchas, por la tribuna intentando entrar al campo de juego y así dar la vuelta olímpica con los jugadores. Por el altoparlante no suena música ni la voz de su papá, quién tampoco está en la cabina. Imagina encontrarlo adentro de la cancha. Dale campeoooon dale campeoooon dale campeoooon dale campeoooon. Lo busca entre la gente. Martín se acerca y le dice algo que no logra entender. ¿Qué? pregunta. Un plateista acaba de decir que a tu viejo lo llevaron en ambulancia al hospital, grita Martín. Julio corre hacia uno de los portones de salida. Ya en la calle, la gente sube a los autos, van a seguir los festejos en el centro de la ciudad. Él se siente ahora ajeno a los festejos. Solo quiere llegar al hospital. Una camioneta repleta de pibes en la chata pasa justo delante de él. Subí subí, le gritan.
Al rato, baja en la plaza principal, cruza corriendo la calle y entra por la guardia al hospital. Una mujer le indica que vaya al cuarto piso. Sube por escaleras y se encuentra con su mamá en el pasillo. Ella le cuenta que su papá tuvo un infarto; está delicado, pero está despierto. Julio entra a la habitación. Su padre llora al verlo, y antes de que diga nada, Julio se adelanta y le dice: ¡Ganamos papá, somos de primera!
Por Nahuel Vázquez
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