I
Los buenos libros, ¿pueden encontrarse por casualidad?¿nos encuentran ellos a nosotros?
Hacía ya un tiempo que teníamos una deuda pendiente: tener un libro de cuentos de Ernest Hemingway. En nuestra biblioteca hay dos de sus novelas: Por quién doblan las campanas, El viejo y el mar y, su diario/crónica, París era una fiesta. ¿Cómo no teníamos ningún libro de cuentos del “maestro”(como le gritó García Márquez de vereda a vereda la primera y única vez que lo vio)?
Cada vez que terminamos de leer a Hemingway nos quedamos pensando así es como se hace. De ese modo tan visual y preciso con el que describe paisajes, personajes. Con ese uso de los verbos, con esa manera de construir diálogos. Con esa sensación que queda al leerlo de estar transitando por zonas profundas del alma humana.
Me puse a buscar en internet sus Cuentos Completos.
Pero en el camino me topé con un texto de Ricardo Piglia, y resultó que era el prólogo a la primera edición en español de In our time (En nuestro tiempo), el primer libro de cuentos de Hemingway. En los últimos años de su vida, Piglia se dedicó a investigar a Hemingway, pero al Hemingway inédito, el de los primeros cuentos publicados.
Busqué el libro al que correspondía ese prólogo y lo compré.
Así, de casualidad, llegó el último gran libro a nuestra biblioteca.
II
Hemingway escribió En nuestro tiempo a los 26 años. “In our time fue considerado desde su aparición en 1925 un clásico que renovaba la tradición narrativa. La calidad de su prosa y la originalidad de su estructura lo convierten en uno de los mejores libros de cuentos que se han escrito.”, cuenta Ricardo Piglia en el prólogo a la edición en español (Lumen, 2018). “Hemingway quería escribir historias mínimas, tratando de narrar los hechos y transmitir la experiencia, pero no su sentido.”, dice.
En esa época, Hemingway vivía en París y había decidido dejar el periodismo para dedicarse por completo a la literatura. En sus textos ya estaba presente su manera característica de narrar donde el sentido o el significado del relato queda oculto y lo que se expone son las acciones y los efectos que provocan en los personajes.
Después de su jornada de trabajo, solía pasear por la ciudad para despejarse, dejar de pensar en lo que estaba escribiendo porque eso alentaba el proceso creativo. Se reunía con amigos, visitaba a Gertrude Stein, leía, y se fascinaba cuando se encontraba con algún nuevo libro que estuviera bien escrito.
En uno de los capítulos de París era una fiesta, cuenta que un día fue a la casa de Stein. Había estado leyendo a Aldous Huxley y a D.H Lawrence. Ambos autores le gustaba porque le divertían y lo hacían dejar de pensar en sus propios textos. Pero Stein, ni bien los escuchó nombrar, le dijo que uno era un cadáver (Huxley) y que el otro era muy sentimental e insensible. Le dio dos libros de una escritora francesa y le sugirió que la leyera. El norteamericano nunca había oído hablar de Marie Belloc Lowndes, y quedó fascinado.
“Eran dos libros espléndidos para después del trabajo, con personajes verosímiles y con una acción y un terror que nunca suenan a hueco. Eran perfectos para cuando uno había pasado el día trabajando, y me leí todos los Belloc Lowndes que existían. Pero un buen día se me acabaron, y además ninguno estaban a la altura de aquellos dos primeros, y no encontré nada tan bueno para llenar los vacíos del día o de la noche hasta que salieron las primeras buenas cosechas de Simenon.”
III
En 1959 un Ricardo Piglia joven encuentra en Mar del Plata, en una librería de saldos, un ejemplar de In our time. “Esa tarde volví a casa y lo leí de un tirón, me tiré en un sillón de lona, con las piernas apoyadas en una silla y empecé a leerlo y seguí y seguí.” cuenta Piglia. Habían pasado más de treinta años desde las visitas de Hemingway a Stein en París. “Terminé casi a oscuras, al final de la tarde, alumbrado por el reflejo pálido de la luz de la calle que entraba por los visillos de la ventana”.
Pero eso no fue lo único que cambió ese día.
“No me había movido, no había querido levantarme para encender la lámpara porque temía quebrar el sortilegio de la prosa. Concluí el libro en plena oscuridad. Cuando por fin me levanté y prendí la luz ya era otro”.
En 2018, Lumen publicó En nuestro tiempo, la primera edición en español de In our time, casi cien años después de cuando Hemingway lo escribió. Al final del prólogo, Ricardo Piglia confiesa: “La gravitación de esa lectura está presente, nítida en los cuentos de La invasión, mi primer libro. Como tantos escritores, yo había buscado liberarme del falso estilo literario que ensombrecía la literatura argentina. Mi experiencia con este libro me abrió las puertas de la experimentación literaria.”
IV
Hace unos días, al final de uno de los encuentros del taller, uno de nuestros talleristas nos mostró uno de los últimos libros que había terminado de leer: Curso sobre Literatura Argentina (Sudamericana, 2024), las clases que Borges dio en 1976,
en la Universidad de Michigan. Yo le mostré la edición de Lumen que había llegado hacía poco y le hablé del prólogo de Piglia.
Para terminar el taller nos dijo que quería leer un fragmento:
“Muy buenos días a todos, espero que iremos conociéndonos. Quiero advertirles que no pienso enseñarles literatura argentina porque esas cosas no se enseñan. Yo he sido profesor de literatura inglesa y Americana durante unos veinte años en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, y me di cuenta de que era absurdo enseñar literatura. Creo que lo que uno puedo enseñar es el goce de ciertos libros, el hábito de de ciertos libros y que un profesor no tiene derecho a imponer sus opiniones. Yo simplemente invitaba a mis alumnos, les decía: Voy a enseñarles, digamos, una literatura infinita, que es la literatura inglesa, otra literatura infinita también, por qué no, la literatura americana y voy a indicarles algunos libros que me han gustado mucho, que son parte esencial de mi vida, y espero que les agraden a ustedes también. Y conseguí realmente convertir a muchos, no quizás a mis libros preferidos, pero sí a otros; en todo caso, sé que me lo agradecieron.”
Los buenos libros, ¿se encuentran o nos encuentran?
Hemingway, Piglia, Borges, ¿se lo habrán preguntado alguna vez?
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