I
Hace un tiempo en el taller volvimos a leer en voz alta un fragmento del artículo «De dónde sale un cuento» de Las clases de Hebe Uhart (Liliana Villanueva, blatt & ríos, 2015/2021).
En ese texto Hebe Uhart dice: «A veces la gente no defiende su propia veta porque piensa que no es objeto de literatura, que se trata de pavadas, que no es material literario». Ese día habíamos vuelto a ese texto en el taller porque andábamos de capa caída, trabados para escribir.
Entonces leíamos las palabras de Hebe: «Felisberto Hernández decía que un cuento es una plantita que nace. Lo que después debo hacer con mi interés por un tema es defenderlo y acompañarlo, guiarlo. Yo debo defender mi veta, mi deseo».
II
Se habla mucho de la escritura, sus métodos, las rutinas que los escritores se arman para escribir, pero no se habla mucho de los demonios personales que a veces, más que la técnica, más que las lecturas que nos faltan, es lo que realmente nos impide sentarnos a escribir.
Sabemos mucho de los productos terminados (los libros), y de los autores una vez que terminaron el trabajo (cuando se los entrevista o cuando presentan sus libros). ¿Pero qué pasa antes de todo eso?¿Dónde, cómo sucede la magia?
No son tantas, pero si uno se pone a rastrear, podemos encontrar huellas de esos momentos críticos donde hasta los grandes tambalearon:
– Cuando no podía escribir, Hemingway se quedaba en su cuarto en frente de la chimenea, apretaba la cascara de las mandarinas hasta que una gota caía a las llamas, y pensaba. Se repetía «lo único que tienes que hacer es escribir una frase verídica”. Y después, seguía.(París era una fiesta, Lumen, 2013/2015).
– Liliana Heker (escritora argentina y maestra de escritores) dice que cuando padece «el tiempo en blanco» (cuando no encuentra nada que desee o pueda inventar) agarra viejos textos, carpetas, y busca algo de donde poder tirar del hilo, algo que la entusiasme para romper la inercia del desinterés. «Mi cerebro está algodonoso», así describe ese estado en La trastienda de la escritura (Alfaguara).
– Flannery O’Connor (escritora estadounidense que retrató el habla y las costumbres del sur de su país) dice en el ensayo «Para escribir cuentos» que aunque no tenga ninguna idea, cada mañana se sienta en su estudio frente a la hoja en blanco: «Muchas veces solo me quedo ahí durante tres horas sin que ninguna idea aparezca. Sin embargo, sé una cosa: si alguna idea aparece entre las 9 y las 12, estoy ahí lista para ella».
III
Cerramos el encuentro con el final de la lectura del texto de Uhart. Nos miré a todos: las arrugas en la frente habían disminuido, algunos ojos habían quedado perdidos, pensando, masticando una última frase que no dejaba de sonar («Y cuando uno se queda, tiene su fruto» o «Hay momentos cuando el alma -y esta es una palabra antigua- está seca»).
Por un momento, las frustraciones con las que llegamos se habían ido y fuimos libres. Nos quedamos disfrutando de ese momento, de habernos reunido una vez más alrededor de la literatura. Por ese día, nos pareció suficiente.
Ya llegará la escritura.
🌵
Deja un comentario