I
Un texto puede ser un viaje. Un recorrido. Con un punto de partida y uno de llegada. El punto de partida de un texto, o de un viaje, puede ser:
Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo.
Con esa primera línea comienza Pedro Páramo (Booket, 2004), la mítica novela de Juan Rulfo (escritor mexicano. Nació en 1917 y falleció en 1986. Además de Pedro Páramo ―publicado originalmente en 1955―, es el autor del libro de cuentos El llano en llamas ―1953―. Rulfo escribió esos dos libros, y no necesitó escribir más para ser considerado uno de los escritores clásicos de la literatura en lengua española).

II
En el punto de partida elegido la voz que cuenta es la de un narrador en primera persona del singular. Y hay algunos datos que se nos brindan:
- El narrador acaba de llegar a Comala (imaginamos que será un pueblo o tal vez una ciudad, aún no lo sabemos).
- Llegó porque alguien le dijo que ahí vivía su padre (¿quién se lo habrá dicho?).
- Finalmente, por la conjugación del verbo (vivir), imaginamos que el padre, quien se llama Pedro Páramo, ya no vive más ahí.
Un texto siempre tiene un comienzo. Pero, ¿cómo puede empezar un texto?
Para Liliana Heker (escritora argentina ―ha publicado de todo: novelas, cuentos y libros de ensayos― y maestra de grandes escritores ―durante cuarenta años dio el famoso taller de escritura por el que han pasado tantísimos escritores reconocidos actualmente―), todo texto empieza por el principio, aunque encuentra ahí un problema a analizar, y se pregunta: “¿Cuál es el principio?”.
En “Principios sobre el principio” (La trastienda de la escritura, Alfaguara, 2019), Heker dice:
El comienzo es la puerta-trampa por la que el lector entra, cautivado, para no detenerse hasta el final. La magia de un cuento depende en buena medida de ese comienzo.

III
Volviendo a Pedro Páramo: el comienzo es una página entera.
Seguimos sin saber quién es este narrador que cuenta, pero ya dilucidamos algunos interrogantes: la madre fue la que le dijo que su padre vivía ahí y la que le pidió que vaya a verlo, porque ella se estaba muriendo.
Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo.
Las maneras de comenzar un texto pueden ser muchas. Pero sobre todo consiste en un trabajo de buscar y probar, de escribir y reescribir.
Este trabajo está ligado al proceso de escritura de ese texto. Es decir lo que el texto pide.
Para Liliana Heker:
No hay reglas para encontrarlo, pero hay una manera segura de arrancar mal. Pasa sobre todo con los escritores demasiado racionales -sé de que hablo; en mis inicios más de una vez tuve que sacar una página entera para toparme con el “buen principio”; trataba de dar, de entrada, toda la información que el lector debería saber para entender lo que yo estaba por contarle: una cantidad de datos (aprendí con el tiempo) que al lector no le interesan en lo más mínimo porque no están referidos a nada que tenga necesidad de averiguar.
IV
A Liliana Heker le ocurrió no solo en sus comienzo como escritora, sino también en la escritura de su magnífico cuento “La fiesta ajena”.
Fracasé reiteradas veces porque el comienzo era demasiado explicativo.
Y acerca de esto, ella aconseja:
Es útil saber que al lector le queda todo el cuento por delante para enterarse de lo que hace falta que sepa. Y que, probablemente, los huecos en la información van a despertar en el lector las ganas de seguir leyendo.
V
El comienzo de un texto puede ser una página entera. Tres párrafos. Puede incluir diálogos, breves escenas, y otras voces.
Todo esto aparece en el comienzo de Pedro Páramo.
El narrador sigue escuchando a su madre:
No dejes de ir a visitarlo. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte.
Y después, él sigue contando:
Entonces no pude decirle otra cosa que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aún después de que a mis manos le costó trabajo zafarse de sus manos muertas.
Todavía antes me había dicho:
―No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.
―Así lo haré, madre.
Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se me fue formando un mundo
alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre. Por eso vine a Comala.
Y volvemos al punto de partida, a la primera línea, al narrador contándonos que vino a Comala.
Ya cruzamos una puerta. Ahora solo nos queda avanzar.
🌵
Deja un comentario