I
Una mirada cuenta: “A la medianoche el cielo sobre Flores se llena de fuegos artificiales”. Después, la mirada agrega: “Las cañitas voladoras parten de todas partes en líneas de puntos dorados, algunas casi rectas hacia arriba, las más en ángulos caprichosos, impredecibles, se escabullen entre los árboles y los edificios”. Y, por último, la mirada amplía: “o bien fallan y parten tropezando y rebotando por los autos estacionados y los grupitos de chicos que han salido, a la vereda con peligro de quemaduras e incendios”.
Podemos decir que lo que acabamos de leer, fundamentalmente las oraciones entrecomilladas, es una descripción. Pero, ¿cómo se construye una descripción?
II
Primero: las líneas entrecomilladas forman parte del comienzo de una de las tantas novelas que César Aira escribió. En este caso: El sueño (Emecé, 2007).
¿Sabés quién es César Aira? ¿Y sabías que está nominado por enésima vez al Premio Nobel de Literatura?
César Aira nació en Coronel Pringles, en 1949, y vive en Buenos Aires desde 1967. Es novelista, cuentista, dramaturgo, ensayista y traductor. Autor prolífico de una infinidad de libros (ha publicado más de cien) y con un estilo bien marcado por el surrealismo, por la idea concebida de la literatura como juego y por textos en apariencia simples, pero de una profundidad compleja.
III
Volviendo a la descripción.
En realidad, no es el comienzo-comienzo de la novela, sino un texto previo, incluido al comienzo del libro. Y es una descripción completa de lo ocurrido durante un minuto completo (el minuto previo a la llegada de un nuevo año) en una medianoche en el barrio de Flores.
En el ejemplo elegido tenemos, en principio, una mirada. Hay alguien que mira un espectáculo y cuenta lo que observa. No dice dónde puntualmente está ubicado, aunque podemos imaginárnoslo. Y respecto a eso que cuenta, de entrada, ya da unos datos que nos permiten ubicarnos en un tiempo (a la medianoche), un lugar (en Flores, Buenos Aires) y saber que algo está pasando (el cielo se llena de fuegos artificiales). Es decir, no es a cualquier hora o en cualquier momento del día que el cielo tatata, no: es a la medianoche y en el cielo de Flores.
Después: especifica. Aclara que hay cañitas voladoras. Y que parten de todas partes. Y en líneas de puntos dorados. Empezó diciendo que había fuegos artificiales, y ahora la mirada puntualiza en un elemento más específico dentro del hiperónimo fuegos artificiales. A su vez, brinda más datos: permite que sigamos componiendo, de a poco, esa imagen que nos cuenta: parten de todas partes y en líneas de puntos dorados.
IV
La línea de puntos dorados es clave.
¿Por qué?
Permite direccionar la imagen hacia otros puntos, ampliarla.
Después de eso, la mirada nos cuenta que algunas de esas líneas van hacia arriba casi rectas, aunque muchas de ellas, más caprichosas e impredecibles, se escabullen entre árboles y edificios. De esta manera, la imagen va expandiéndose, ganando sensación de realidad, y así van apareciendo nuevos elementos: los autos estacionados, la vereda y los grupitos de chicos.
Todo va apareciendo de manera organizada, simple, una cosa por vez, para que el lector tenga tiempo de seguir armando esa imagen y, sobre todo: ser también espectador.
V
Pero la descripción no termina ahí. Ahora ocurre un quiebre. La mirada dice (pregunta):“Pero a quién le importa”. Y con esta pregunta sin signos de interrogación maniobra hacia otro punto. Deja a un lado a los autos estacionados, a la vereda, a los grupitos de chicos, y dice: “Las miradas buscan lo oscuro del cielo donde estallan las luminarias que llegan a destino; gruesos cohetes propulsados por una carga de pólvora negra van muy alto y sueltan su provisión de luces verdes, rojas, blancas”.
Bien. Cuantos elementos nuevos. Ahora hay miradas. Muchas. A las que solo les interesa una cosa: buscar en lo oscuro del cielo (siempre el misterio) donde estallan las luminarias que llegan a destino. Vuelve, entonces, sobre las líneas de puntos dorados que casi rectas lograban llegar al cielo. “Nada se pierde, todo se transforma”, dice Jorge Drexler. Después: además de la información de que hay gruesos cohetes propulsados por una carga de pólvora negra y del dato que resalta, subraya que han ido muy alto, la mirada termina la oración con una enumeración de detalles: luces verdes, rojas, blancas, para que la imagen sea completa y precisa.
Después de esto último, la mirada agrega: “Crisantemos fosforescentes que se abren en silencio, en una cascada de gotas brillantes. Todo lo que desaparece es reemplazado por otra aparición, en otro punto del firmamento”. La importancia de las palabras, la importancia en la elección de las palabras: crisantemos fosforescentes; cascadas de gotas brillantes. Luego, hay una nueva línea (ahora no de puntos dorados) que sigue tridimensionalizando la descripción: las luces que van apagándose son reemplazadas por otras apariciones, en otro punto del cielo.
VI
La imagen se expande. El tiempo pasa. La mirada ahora dice: “Las doce: empiezan a sonar las sirenas, como serpentinas entre las explosiones, el cielo se llena de chispas con todos los colores del espectro, y en las grandes reuniones familiares se entrechocan las copas brindando. ¡Feliz año nuevo! ¡Feliz año nuevo! Las campanadas de la Misericordia están replicando: el tañido acelerado y obsesivo parece decir: Dios… Dios… Dios… El concierto sucede en un solo instante, en un punto de la historia de nuestras vidas. Se renuevan todas las explosiones, las luces en el cielo, las sirenas, la bolita de vidrio negro con la ciudad adentro, y las campanas: días… días… días…”
Y así, es como la mirada que cuenta construye, con astucia y gracia, una descripción: la descripción de un minuto. Y con eso basta.
🌵
Deja un comentario