I
Cinco años después de la publicación de La vida Breve, la novela de Juan Carlos Onetti, otro Juan, en este caso Rulfo, en México, le revela al mundo el pueblo de Comala. Rulfo, quien por entonces tiene treinta y ocho años, acaba de publicar Pedro Páramo (será la única novela y el segundo de dos libros que publicará en toda su vida).
La novela transcurre en Comala, un pueblo ubicado en medio del desierto, entre montañas y caminos que suben y bajan, al que un día llega un hombre en busca del padre que lo abandonó cuando él era chico. Llega al pueblo también tratando de cumplirle la promesa de esa búsqueda a su madre que acaba de morir.

Antes de avanzar habría que hacer un pequeño paréntesis respecto a Comala. A diferencia del Yoknapatawpha de Faulkner y del Santa María de Onetti, Comala existe en México. En realidad es una localidad en la región de Colima, al oeste del país. Sin embargo, a pesar de la similitud, el Comala de la realidad nada tiene que ver con el de Rulfo. A Rulfo, le interesó Comala por la sonoridad del nombre y por el significado del Comal: plancha caliente en la que se hacen las tortillas de maíz.
El hombre que acaba de llegar a ese Comala, el inventado por Rulfo, es Juan Preciado y viene acompañado de otro hombre llamado Abundio. Ambos se encontraron en un cruce de caminos unos kilómetros atrás. “¿Estás seguro de que ya es Comala?”, pregunta Juan, al descubrir un pueblo al pie de la montaña. “Seguro, señor”, responde el otro. “¿Y por qué se ve esto tan triste?”. Abundio contesta: “Son los tiempos, señor”.
Juan Rulfo nació casi treinta años antes de que Pedro Páramo saliera al mundo, en el sur del estado de Jalisco, en la ciudad de Sayula. Nació durante tiempos agitados, de luchas políticas, de enfrentamientos armados, de la revolución que se había iniciado en 1910 y que continuaría hasta 1920, y que lo acompañarían durante el resto de su infancia y los primeros años de la juventud.
“Una bandada de cuervos pasó cruzando el cielo vacío, haciendo cuar, cuar, cuar.”, cuenta Juan Preciado mientras va bajando hacia Comala. “Después de trastumbar los cerros, bajamos cada vez más. Habíamos dejado el aire caliente allá arriba y nos íbamos hundiendo en el puro calor sin aire. Todo parecía estar como en espera de algo”. A su lado, sigue estando el hombre al que encontró en el cruce de caminos. “Hace calor aquí”, dice Juan Preciado. “Sí, y eso no es nada.”, responde el otro, y agrega: “Cálmese. Ya lo sentirá más fuerte cuando lleguemos a Comala. Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al Infierno regresan por su cobija”.
Sabemos que el Comala de Rulfo es un pueblo plagado de murmullos, de plegarias no atendidas, sombras borroneadas que se desvanecen. Un pueblo que pareciera un eterno presente, un eterno retorno sin la posibilidad de liberación.
Hubo un tiempo, antes de publicar Pedro Páramo, en que Rulfo decidió alejarse de la capital para descubrir lo que pasaba en otras regiones de México, un México profundo que parecía haber sido olvidado por las promesas de progreso. En esos viajes que hizo como vendedor de neumáticos para la empresa Goodrich Euskadi, Rulfo descubrió paisajes, personas, pueblos que fotografió (Rulfo fue también fotógrafo), imágenes que más tarde aparecerían en su literatura.
Juan Rulfo indudablemente se inscribe también en esta tradición americana del siglo XX, que comenzó con William Faulkner (con Yoknapatawpha), que siguió con Onetti (con Santa María), autores de los que hablamos en la entrega anterior de La Coma. Una tradición que permitió y permite mostrar un camino posible para contar nuestras historias. Una tradición en la que también se inscribió, algunos años después, Gabriel García Márquez.
II
García Márquez tenía nueve años cuando leyó por primera vez el nombre “Macondo”. Viajaba junto a su abuelo, Nicolás Márquez, en tren desde Santa Marta hacia Aracataca, en Colombia. Habían parado en una estación sin pueblo, y un poco más adelante, el tren pasó al lado de una finca bananera cuyo cartel de entrada decía: MACONDO.

Ya de adulto, García Márquez descubrió que aquel nombre que había leído de chico y cuyo significado desconocía, le gustaba por su resonancia poética. Y empezó a incluirlo en algunos de sus textos. La primera vez que Macondo aparece es en su novela La hojarasca, publicada en 1955. En una narración introductoria, antes de que la novela empiece, se lee: “Después de la guerra, cuando vinimos a Macondo y apreciamos la calidad de su suelo, sabíamos que la hojarasca había de venir alguna vez, pero no contábamos con su ímpetu. Así que cuando sentimos llegar la avalancha lo único que pudimos hacer fue poner el plato con el tenedor y el cuchillo detrás de la puerta y sentarnos pacientemente a esperar que nos conocieran los recién llegados”. Sin embargo, hay registros que indican que la primera vez en la que se hace referencia a Macondo es en el cuento «Un día después del sábado” (incluido en el libro Los funerales de la mamá grande, y con el que García Márquez obtuvo el primer puesto en el concurso literario de la Asociación de Escritores y Artistas de Colombia, en julio de 1954). En el cuento, si bien el narrador nunca menciona directamente a Macondo, la descripción del pueblo, la trama, que refiere al día posterior a la lluvia de pájaros muertos (acontecimiento que García Márquez narra en «Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo” , escrito en 1955), y el nombramiento de algunos personajes (Aureliano Buendía y su hermano José Arcadio), nos permiten suponer que la narración ocurre indudablemente en Macondo.
Pero es durante la adolescencia, mucho antes de escribir esos textos, cuando una escena despierta en García Márquez la fascinación por una idea, una escena narrada en Vivir para contarla, su autobiografía, publicada en 2002. Tenía quince años y había acompañado a la madre a Aracataca para vender la casa familiar. Hacía ya tiempo desde la última vez que había regresado al pueblo: lo encontró más pequeño a como lo recordaba. Sentía que atravesaban un pueblo fantasma, no había un alma en la calle, y sentía que la madre sufría de la misma manera que él al ver ese paisaje desolador. “Y llegamos a una pequeña botica que había en una esquina, en la que había una señora cosiendo; mi madre entró y se acercó a esta señora y le dijo: ¿Cómo está, comadre? Ella levantó la vista y se abrazaron y lloraron durante media hora. No se dijeron una sola palabra” […] “En ese mismo momento me surgió la idea de contar por esto todo el pasado de aquel episodio”.
A los diecisiete empezó a escribir la historia del pueblo y de la familia. Escribió un primer párrafo, exactamente el mismo que hay en el libro, pero se dio cuenta de que no podía avanzar, que esa historia, aunque estuviera completa, era como un paquete demasiado grande. “Yo mismo no creía lo que estaba contando. Pero como yo sabía que era cierto, me di cuenta que no disponía yo de los elementos técnicos y del lenguaje para que este fuera creíble, para que fuera verosímil”.
Hacia 1961, Gabriel García Márquez, con 32 años, ya era periodista, había viajado y vivido en México, Estados Unidos y en Francia, había publicado sus primeros libros (La hojarasca, su primera novela y El coronel no tiene quien le escriba) y un par más a punto de ser publicados. Pero, a pesar de todo, siente que está metido en un callejón sin salida, que ya no logra darle continuidad a lo que escribe. No concibe un modo convincente y poético de escribir el libro que todavía tiene pendiente.
Una noche de ese mismo año, Álvaro Mutis, uno de sus mejores amigos y consejero literario, lo visita y le deja una pila de libros. Antes de irse, Mutis separa el libro más pequeño y dice: “Lea esa vaina, carajo, para que aprenda”. García Márquez le hace caso y lo leé.
Unos años más tarde, recordará: “Aquella noche no pude dormir mientras no terminé. Nunca desde la noche tremenda en que leí La metamorfosis de Kafka, en una lúgubre pensión de estudiantes de Bogotá, casi 10 años atrás, había sufrido una conmoción semejante”. Ese libro pequeño que su amigo le había separado era Pedro Páramo. García Márquez sintió que Rulfo le señalaba un camino, una manera de narrar, la que él estaba buscando desde hacía años, para poder contar aquella historia del pueblo: no Aracataca, sino la de Macondo y la de una familia: los Buendía. Finalmente había descubierto cómo escribir Cien años de soledad. Así nacía uno de los comienzos más famosos dentro de la literatura:
“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo” (Cien años de soledad, Editorial Sudamericana, 1967).
En Comala y en Macondo, Rulfo y García Márquez (también Faulkner y Onetti en sus territorios imaginarios) encontraron la forma de darle un lugar a los murmullos, narrar la memoria: la propia y la del Continente Americano.
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