I
Marzo se fue volando, y se fue, para mi alegría, leyendo por primera vez a James Joyce del cual no sabía nada más que dos cosas: que era imposible no leerlo y que era imposible hacerlo. No sabía ni de su locura -nunca diagnosticada, pero sospechada por varios-, ni de su obstinación en mostrar su trabajo. Tampoco en su confianza desmedida en lo que escribía, en su calidad como autor, aún antes de ser llamado de ese modo. Lo único que sabía era que fue una de las voces fundamentales de la literatura del siglo XX, que había contorsionado a tal extremo la lengua inglesa que esta no había podido nunca volver a ser lo que era. El resultado más enigmático de esa epopeya fue el libro que pocos admiten haber leído, primero, y haber entendido, después. El Ulises de Joyce es el Monte Everest para estudiosos y lectores (o al menos, uno de ellos). Su peculiaridad recae en que la mayoría no lo entiende. Incluso, dicen los que lo intentaron, que solo con un esfuerzo desmedido y casi como avanzando en la neblina, puede llegarse al final del grueso tomo.

Sin embargo, las influencias del Ulises de Joyce impactaron en otras disciplinas más allá de la literatura. En psicología, Carl Jung y Jacques Lacan tomaron elementos de Ulises para ahondar en sus teorías, tanto es así que Lacan dedica su “Seminario 23” a Joyce y su obra, para tratar de comprender cómo su arte lo ayudó a sobrellevar su propia locura. También la ciencia tomó de la literatura joyceana una palabra que se usó para definir una unidad de medida: el “quark” (una palabra de misterioso significado, pero que a Murray Gell-Mann, el científico ganador del Premio Nobel, le gustaba).
El Ulises de Joyce es el Monte Everest para estudiosos y lectores (o al menos, uno de ellos). Su peculiaridad recae en que la mayoría no lo entiende.
II
A pesar de todo lo que significó después para tantos, en su época, a Joyce le costó encontrar lectores y gente que confiara lo suficiente como para publicar sus textos. Esto no hace de su historia algo especial: muchos artistas tardaron años en ser tomados en serio. Algunos, como Van Gogh, como Frank Kafka, como Edgard Allan Poe, murieron sin lograrlo. Ninguno dejó de hacer su trabajo. Ninguno dejó de creer en lo que hacía, a pesar de las puertas cerradas. Dicen que posiblemente Van Gogh sufría también de alusiones y que sus paisajes no eran producto simplemente del estudio, la técnica y la inspiración. La hija de Joyce también estaba enferma, pero a diferencia de este, ella sí fue encerrada para seguir un tratamiento. Si hubiera podido convertir su locura en algo más, como hizo Joyce, como hizo Van Gogh, quizás no hubiera tenido que vivir en un asilo. ¿Es realmente la locura el problema? ¿O el problema es si podemos hacer algo bueno, valioso, con ella?

Vincent Van Gogh se internó voluntariamente en el hospital psiquiátrico en Saint-Rémy-de-Provence. En esta pintura, se retratan los pasillos del lugar.
Foto e información tomada del sitio web de Esto no es una galería.
Hay otro elemento común a la historia de este tipo de artistas, y ese elemento es la testarudez. Mientras analizábamos en el taller los cuentos de Dublineses (el libro de cuentos que Joyce escribió sobre la sociedad de Dublin a principios del siglo XX), les contábamos a los talleristas una anécdota que relata Antonio-Prometeo Moya en un texto llamado “Vida y obra de James Joyce”, incluido en nuestra edición de Dublineses. Entre muchas cosas, Antonio-Prometeo Moya cuenta cómo se las ingenió Joyce para que algún escritor de Dublín prestara atención a sus textos. Se paró un día afuera de la casa de George William Russell, escritor cuya corriente artística a Joyce no le interesaba. Eso no lo detuvo para acercarse cuando apareció, hablar bien de él mismo y leerle sus poemas. Russel le presentó a otros escritores de Dublín, entre ellos al poeta W.B. Yates, aunque de ninguno logró recibir demasiada atención. Sin embargo, fue gracias a ellos que hizo sus primeros viajes a París, donde quiso instalarse escribiendo reseñas de libros para revistas y diarios.
Si hubiera podido convertir su locura en algo más, como hizo Joyce, como hizo Van Gogh, quizás no hubiera tenido que vivir en un asilo.
Ninguno de estos artistas se hizo exactamente rico escribiendo. En términos de ganar dinero, escribir nunca fue una buena opción. Muy pocos en la historia de la literatura han logrado vivir de lo que escriben. Incluso con la industria literaria y editorial desarrollada como está hoy, todavía son pocos los que logran ese privilegio. En Argentina, a la cuestión económica, se le suma una idea instalada en la cultura y la sociedad: la de que escribir es un hobby, no un trabajo.
III
Pero no todas las sociedades piensan lo mismo. Eso es lo que nos quiere transmitir Jorge Fondebrider, traductor especialista en Irlanda, cuando nos dice que la sociedad irlandesa considera la literatura como un trabajo y a los autores como especialistas dignos de un sueldo mensual. Lo invitamos al taller el último miércoles de marzo como cierre del mes, luego de haber leído algunos cuentos de Joyce y de otra autora irlandesa, pero contemporánea, llamada Claire Keegan. Fondebrider es el traductor de Keegan en Argentina, y el que le abrió las puertas a este mercado. Además, está enamorado de Irlanda (país al que fue más de 10 veces en su vida, nos cuenta), de su gente, su cultura, su música y su literatura. Dice que sintió cosas la primera vez que leyó un cuento de Claire. Eso lo llevó a traducirla y a conocerla en persona.

Con el tiempo, aprendió de su vida, de que su familia vivía en el campo y era pobre, de que ella se puso a escribir cuando estaba desempleada y ahí encontró algo en lo que era buena y de que sus estudios en escritura creativa no le habían servido para aprender a escribir. Lo único que la ayudó fue leer y sentarse a escribir. Seguir escribiendo. Borrar. Escribir. Borrar y seguir escribiendo hasta que el texto muestre su cara verdadera.
Muy pocos en la historia de la literatura han logrado vivir de lo que escriben. Incluso con la industria literaria y editorial desarrollada como está hoy, todavía son pocos los que logran ese privilegio.
En la Irlanda contemporánea, un escritor puede dedicarse a escribir. No es un privilegio que se gane la vida de la nada: solo los miembros de Aosdána (una institución irlandesa que distingue a los artistas irlandeses), y no todos, pueden aspirar a esa vida. Keegan es parte de esa asociación, luego de varios libros escritos, casi todos ganadores de algún premio. La institución aparece en 1981; Joyce muere en 1941. ¿Qué hubiera sido de la obra y la vida de Joyce si alguien le hubiera pagado regularmente por escribir?
Escribir quizás no sea el problema después de todo, quizás haya también que afinar la mirada y elegir los lugares y las condiciones dignas de tal tarea. En Irlanda, al menos por lo que nos contó Fondebrider, parece que conviene. O al menos, que es posible. Y eso ya es decir mucho.
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