La Coma #10 – ¿Ficción o no ficción?

I

En abril, durante el taller presencial, estuvimos leyendo a Pedro Lemebel y a Alejandra Costamagna. Continuamos con la propuesta de este año: situar las lecturas del mes en un país y hacer cruces generacionales o de géneros. En este caso, decidimos situarnos en Chile y hacer el cruce entre la ficción y la literatura de no ficción o el periodismo narrativo. Y decidimos leer dos crónicas de Pedro Lemebel, publicadas en su libro Loco afán. Crónicas de sidario, y dos cuentos de Alejandra Costamagna, de su libro Imposible salir de la tierra.

En Comala, nos interesa leer a los clásicos y ponerlos a dialogar con la literatura contemporánea. Y nos interesa también, y mucho, el diálogo entre diferentes géneros narrativos. Observar, reflexionar, aprender sobre diferentes modos de narrar, sobre sus diferencias, sus tiempos históricos, sus terrenos de exploración y producción.

En esta nueva edición de La Coma, queremos seguir desplegando el debate que surgió en el taller, a partir del cruce de los textos de Lemebel y Costamagna. Y seguir desplegando, puntualmente, una de las tantas preguntas que surgieron durante los encuentros: ¿ficción o no ficción: a qué nos referimos?

II

Inicialmente, para analizar ambos terrenos narrativos, nos parece importante plantear una segunda pregunta: ¿a qué nos referimos cuándo hablamos de literatura de no ficción o periodismo narrativo?

Para eso, debemos remontarnos a 1957, momento en el que Rodolfo Walsh publicó Operación Masacre. Como muchos deben saber, Walsh, en su libro, narra y denuncia los fusilamientos clandestinos perpetrados por la Revolución Libertadora y ocurridos en junio de 1956, en José León Suárez (Provincia de Buenos Aires). Y también inaugura algo que hasta el momento no existía: la literatura de no ficción. Años más tarde, en 1966, Truman Capote continuará esta tradición de periodistas, que se deciden por las herramientas de la literatura para narrar hechos de la realidad, al publicar A sangre fría, la historia del asesinato de una familia entera en Holcomb, un pequeño pueblo en Kansas, Estados Unidos.

Portada de la primera edición. La imagen muestra una parte de la pintura “El 3 de mayo en Madrid” o “Los fusilamientos”, de Francisco de Goya. Copy Right: Francisco Goya, Public domain, via Wikimedia Commons.

Walsh cruza la novela y el periodismo. Y modifica no solo un modo de escribir sino también un modo de leer una novela. Antes, los hechos y los personajes eran exclusividad de la inventiva de un autor o de una autora. En Operación masacre eso no ocurre. Si bien tiene un formato de novela y el modo de narrar es de una escritura literaria, los hechos y los personajes del libro son reales, existieron. Nada es imaginación; y todo lo que se narra está fundamentado en una investigación periodística previa.

Cuando hablamos de literatura de no ficción o de periodismo narrativo, nos referimos a textos en el que lo narrado tiene su principal enfoque en acontecimientos y personajes reales, es decir, contar la realidad. Nada de lo que se cuenta en un libro o texto de no ficción es inventado: todo está fundamentado en una investigación periodística. La particularidad de estos textos y lo que los diferencia sobre todo de un artículo periodístico común es que incorporan en su construcción elementos de la literatura: narrador, descripciones, escenas, diálogos, figuras literarias.

Teniendo ya la referencia de Walsh y lo que entendemos por literatura de no ficción, podemos plantear entonces que la ficción es el terreno de la imaginación. Un texto de ficción puede contar hechos que no hayan sucedido e incluso hablar de personas o seres que no existen. Y también puede hacer lo contrario. Entonces, ¿cuál es la diferencia entre ambos tipos de texto? La intención. A la ficción no le interesa necesariamente narrar lo que realmente ocurrió. Al periodismo, a los textos de no-ficción, sí.

III

El cruce entre la realidad y la literatura también la podemos encontrar en textos breves, en géneros como el cuento. En el campo de la no ficción esa forma más breve es la crónica. Gabriel García Márquez, quien en sus comienzos y durante muchos años se dedicó al periodismo, decía que la crónica era un cuento de verdad. Ambos géneros comparten las mismas técnicas narrativas y literarias, aunque, con la diferencia realidad vs. ficción que ya dijimos.

En Chile, un exponente de la crónica es Pedro Lemebel. Aunque esa descripción posiblemente sea reduccionista; bien sabemos que su escritura trascendía un género y desplazaba los límites entre unos y otros.

Pedro Lemebel. Foto: Paulo Slachevsky

Su voz revolucionó la crónica latinoamericana. Convirtió el género periodístico en una herramienta de resistencia política y social a favor de la disidencia sexual y en contra de la epidemia del sida y de la dictadura de Augusto Pinochet. También lo convirtió desde la forma de su escritura: con una prosa plagada de imágenes, con frases que retumban y que producen un clima, una atmósfera envolvente.

En el taller leímos “La noche de los visones (o la última fiesta de la Unidad Popular)” y, para que se comprenda lo que decimos, transcribimos su comienzo:

“Santiago se bamboleaba con los temblores de tierra y los vaivenes políticos que fracturaban la estabilidad de la joven Unidad Popular. Por los aires un vaho negruzco traía olores de pólvora y sonajeras de ollas que golpeaban las señoras ricas a dúo con sus pulseras y alhajas. Esas damas rubias que pedían a gritos un golpe de Estado, un cambio militar que detuviera el escándalo bolchevique”.

Transformado este texto en uno de los tantos artículos de un diario, podría sonar:

“En Santiago de Chile, la Unidad Popular, de reciente aparición en el poder, sufre vaivenes y fracturas políticas. Se presume que hay disturbios por el olor a pólvora en el aire y hay protestas de una parte de la población que pide un golpe de Estado para frenar el avance bolchevique”.

Por el lado de la ficción, decidimos leer a otra autora de Chile: Alejandra Costamagna. Leímos “La epidemia de Traiguén” y “Nadie nunca se acostumbra”. Costamagna es periodista y escritora. Y fue finalista del Premio Herralde de Novela. Los textos que leímos de ella son cuentos. Digamos que son ficción. Aunque, alguno de los materiales o elementos con los que trabaja sean o hayan sido tomados de la realidad o de su propia biografía.

Alejandra Costamagna. Copy Right: Rodrigo Fernández, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons.

Por ejemplo, en “Nadie nunca se acostumbra”, trabaja con recuerdos de su infancia, de los viajes que hacían en auto con su familia desde Santiago a Buenos Aires (Costamagna es hija de padres argentinos que emigraron a Chile) y de los juegos con su hermana durante esos viajes como, por ejemplo, contar los perros que iban viendo. Esto lo cuenta en una entrevista que le hizo Valeria Tentoni (poeta y escritora argentina) para el blog de Eterna Cadencia. El cuento surge a partir de ese recuerdo “que siempre vuelve”, como describe la autora chilena. Pero ese recuerdo es un punto de partida, para narrar otra historia, donde los recuerdos de su propia vida se van enhebrando en el relato, se van ficcionalizando.

“Nadie nunca se acostumbra” empieza de la siguiente manera:

“Jani quiere pensar que la perra va a estar bien. Que si su padre lo dice, la Daisy va a estar bien. ¿Qué le va a pasar en unos días?, ha dicho el padre. La vecina le va a dar comida, la va a llevar a la plaza. Dile chao y ayúdame con las maletas. Y Jani se despide de la perra, dame la patita, y sube con su padre a la citroneta. Por primera vez viajan juntos, solos. Es una madrugada de diciembre de 1975. Una telaraña azul, el cielo, cuando el padre y la hija enfilan por la Panamericana Norte hacia Los Andes y luego los Caracoles y el Cristo Redentor y San Luis y la pampa demasiado quieta y alguna bandada de pájaros de repente y bien al final Campana, el pueblo donde vivieron sus padres hasta que se trasladaron a Chile; ese lugar con olor a caucho donde hoy sigue viviendo la hermana menor de su madre, la tía Bettina”.

Si es ficción o no ficción es una pregunta que ancla el modo de lectura de un texto. No es lo mismo leer un texto cuyo pacto de lectura sea la ficción y otro donde se nos anuncie que lo que estamos a punto de leer es una novela o un texto de no-ficción (o una crónica). En el primer pacto, el lector sabe que lo que leerá seguramente sea una invención, también entiende que los datos y hechos pueden estar distorsionados; en el segundo, en cambio, el pacto cambia: el lector sabe antes de empezar que todo lo que le será contado ocurrió u ocurre, existió u existe.

Si es ficción o no ficción es una pregunta que también ancla el modo de escritura de un texto: las posibilidades, las limitaciones y las reglas o leyes que operan en uno u otro territorio.

Pero la pregunta también es una invitación, una posibilidad de elegir no solo el formato, si no también el pacto con el lector de acuerdo a lo que cada uno quiera contar.

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